
Atención: si has estado conmigo en alguna presentación de la web social a marcas o centrales de medios, no leas este artículo; ya conoces su contenido.
Hago este aviso porque cada vez que noto (sobretodo en presentaciones) que mis interlocutores no están muy al tanto del presente de los medios sociales, les planteo el
“caso de los tres espacios”.
Cuando termino de hacerlo, generalmente muchas cosas comienzan para ellos a cobrar sentido; básicamente pueden explicarse qué hacen los jóvenes en las plataformas sociales.
La cosa es así: como adultos, socialmente reconocemos y experimentamos tres tipos de espacio; el espacio público, el espacio privado y el espacio controlado.
El espacio público es aquel en donde reina un código consensuado por todos; grupal, socialmente decidimos y sabemos qué se puede y qué no se puede hacer allí.
Un ejemplo de este tipo de espacio lo tenemos en el cine; sabemos qué podemos hacer en una sala y qué cosas no, y entre todos los que la habitamos regulamos el comportamiento del grupo.
El espacio privado es aquel en donde nosotros mismos marcamos las reglas: nuestra casa es un típico ejemplo de este tipo de espacio. Hay casas donde fumar es algo común y las hay en cambio donde esto mismo está prohibido; hay casas en donde se puede estar sin ropa y casas en donde la desnudez se relega al cuarto de baño.
Por último, tenemos el espacio controlado, el que se caracteriza por tener reglas y normas definidas por alguien jerárquicamente superior a nosotros. Nuestro trabajo -sobretodo si lo hacemos por cuenta ajena- es un buen ejemplo de espacio controlado.
Ahora bien, al comienzo de la presentación de los tres tipos de espacio, decía “como adultos...”; entonces, ¿qué pasa con quienes no son considerados de esta manera?
Prácticamente los tres espacios quedan reducidos al espacio controlado.
En lo que se refiere al espacio público, ante un eventual “mal uso” del mismo, cualquier adulto puede indicarle al menor que deje de actuar de tal o de cual manera; de esta forma, cualquier adulto es al menos potencialmente una persona “jerárquicamente superior” a la que hay que obedecer.
Pensemos que si se reúne un grupo de personas de alrededor de 40 años y se ponen a beber en la calle mientras charlan, es más que difícil que otro adulto ajeno al grupo los encare para cuestionar su proceder, pero si el grupo fuera de menores, la situación no sería para nada extraña.
Con respecto al espacio privado, el joven lo siente reducido a su propia habitación; en el resto de la casa quienes marcan las reglas son sus padres.
Prácticamente su espacio privado se limita a su cuarto, siempre y cuando no lo comparta con algún hermano.
En lo que respecta al espacio controlado -sumado al espacio público y a su propia casa salvo su cuarto, que los vivencia como tales- el espacio controlado por excelencia es el instituto o la universidad, equivalente al lugar de trabajo para los adultos, ya que personas jerárquicamente superiores (profesores, directivos) son las que ponen las normas.
En la recuperación de los espacios público y privado se halla la clave de la permanecia de los jóvenes en los medios sociales.
El nuevo espacio público lo representan las redes sociales como Facebook y Myspace, mientras que el nuevo espacio privado lo definen servicios de mensajería instantánea como Microsoft Messenger y Yahoo! Messenger.
En esta misma acción de recuperación podemos hallar el orignen de las actitudes “anti-branding”; el joven puede estar experimentando el arribo de las marcas a las plataformas sociales como un paulatino avance del “control y la presencia de los adultos”...
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